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La expresión artística del puerto y la ciudad portuaria
Pensar el puerto desde diferentes perspectivas implica un reconocimiento que, en el caso de Santander, va más allá de sus funciones habituales, por tratarse de un espacio cultural y social de primer orden que forma parte de la realidad cotidiana de la ciudad. Santander convive con el puerto hasta tal punto que sus ciudadanos apenas somos capaces de diferenciar la línea invisible que separa la zona urbana de la zona portuaria.
Me crié en un barrio obrero, de esos que quedaron completamente olvidados por las políticas urbanas durante décadas, pero tenía la ventaja de vivir en un bloque situado en la parte más alta de la ciudad, así que desde mi cama podía ver el puerto con sus tres imponentes grúas verdes, disfrutando de las idas y venidas del ferry, que se convirtieron en una especie de marcador temporal e imaginario para mí; así como un tema de conversación cuando me fui a estudiar a Madrid.
El Puerto de Santander, que hace poco tiempo celebraba su 150° aniversario, está profundamente abierto a la ciudad desde el punto de vista cultural, pues concentra la mayor parte de la actividad expositiva e infraestructuras artísticas de la ciudad: el Palacete del Embarcadero, la Nave Sotoliva (recientemente reinaugurada), el Archivo y la Estación Marítima, el Centro de Arte Faro Cabo Mayor, las Naves de Gamazo, el Palacio de Festivales, el Museo Marítimo, la Biblioteca Central y el Centro Botín. En un futuro, teóricamente, tendremos la nueva sucursal del Museo Reina Sofía para albergar la Colección Lafuente en el Banco de España y la nueva construcción de Chipperfield en el Banco de Santander mirando al mar.
El Puerto alberga, además una importante colección de arte contemporáneo. Carlos Limorti fue el comisario de su presentación en la Nave Sotoliva en 2023 y es una de las personas que mejor la conoce. Sé que Santander también es puerto franco, así que supongo que guardará muchos más tesoros ocultos [1].
Los puertos siempre han estado presentes en la historia del arte, en primer lugar, por su condición simbólica, como lugares de partida o de regreso, pero también como telón de fondo de escenas históricas o mitológicas, hasta que al fin llegaron a convertirse en un género pictórico en sí mismo o, más bien, en un subgénero dentro del paisaje.
Como es un tema excesivamente amplio para abordarlo en este breve espacio de tiempo, he elegido unos pocos ejemplos, empezando por mi imaginario infantil, protagonizado por el Coloso de Rodas, una de las maravillas de la Antigüedad (curiosamente, Laredo fue el escenario elegido por Sergio Leone para rodar los exteriores de la película en 1961). La llamada Tumba del Nadador en Paestum (h. 470 a. C.; https://es.wikipedia.org/wiki/-Tumba_del_nadador), en la antigua ciudad grecorromana, posiblemente representa un alma en tránsito hacia el otro mundo; sin embargo, recuerda formalmente al grupo escultórico Los raqueros de José Cobo quien, desde una perspectiva mucho más antropológica, muestra a los niños que se tiraban al agua en busca de unas monedas.
En la Edad Antigua, Ostia, el gran puerto de Roma, jalonado de esculturas, tuvo una actividad comercial y cultural incesante, mostrando así su poder, civilización y prosperidad. En la Edad Media el mapamundi del Beato de Liébana —bien “orientado” hacia el Este—, anticipa el extraordinario desarrollo que iba a tener la cartografía en la Edad Moderna al compás de la colonización, cuando el arte empezó a representar todo lo que se poseía o se deseaba poseer (y los mapamundis, que se desarrollaron al mismo tiempo en que se se inventaba el punto de vista único con la ayuda de la perspectiva, daban esa impresión de tener todo al alcance de las manos). Los holandeses, como Zeeman, darán cuenta del extraordinario poder de los Países Bajos en materia de navegación, convirtiendo las marinas en un género autónomo durante el Barroco, como cabía esperar de un país cuya vida se articulaba en torno al mar. Mientras, artistas del siglo XVII, como Claudio de Lorena, realizarán todo un repertorio de representaciones idealizadas de espacios portuarios y, ya en el XVIII, desarrollarán sus famosas vistas, dando lugar al género pictórico que hoy conocemos como vedutismo (una vista es una veduta), del que Canaletto fue uno de sus principales exponentes (El Gran Canal y la iglesia de Santa María de la Salud, Venecia, 1730; https://an.wikipedia.org/wiki/Imachen:Canaletto_Entrance_to_the_Grand_Canal_Venice.jpg/).
En el siglo XIX los pintores románticos como William Turner representarán el puerto como un pretexto para profundizar en la categoría estética de lo sublime, aprovechando el mar como elemento inestable y mutante que nos confronta con nuestra naturaleza efímera. Claude Monet realiza su célebre Impresión, sol naciente (1872; https://es.wikipedia.org/wiki/Impresi%C3%B3n, _sol_naciente) en un puerto industrial para hablar de la vida moderna y aprovechando, como el resto de impresionistas, la naturaleza cambiante del agua y de la luz para desarrollar un arte retiniano. Las primeras vanguardias, entre las que cabe destacar a fauvistas y cubistas, —bien a través de una paleta cromática profundamente subjetiva y expresiva en el caso de los primeros, o de la síntesis de distintos puntos de vista de la realidad yuxtapuestos simultáneamente en un plano en el de los segundos—, convertirán los puertos en protagonistas recurrentes en sus representaciones.
Muchos fotógrafos centrarán igualmente sus objetivos en la actividad humana cotidiana del puerto, como Pablo Hojas Llama —aprovecho para recordar a mi querido Pablo Hojas, su hijo— o mostrarán la vida y las distintas faenas de los trabajadores del mar. Me interesa de manera especial el caso de las rederas, artesanas que llegaron a convertir su oficio en un arte que ha servido como punto de partida para muchos creadores contemporáneos cuya obra se ha visto en espacios culturales del puerto, especialmente ahora que lo textil ha ido cobrando una mayor presencia en el campo del arte.
Eduardo Sanz pintó el mar y su entorno, lo esculpió en forma de faros-espejo e, incluso, escribió cartas de amor con señales marítimas, Gloria Torner (Bahía con limón y concha, 2014; https://www.art-madrid.com/en/work/gloria-torner/bahia-con-limon-y-concha) pintará la bahía una y otra vez, y numerosos creadores realizarán ejercicios visuales en fotografía o en vídeo en el paseo marítimo de Santander, como Raúl Lucio, afrontando el puerto no solo como un lugar donde se da la confluencia de la actividad marítima, industrial y urbana, sino también como un paisaje humano.
El entorno portuario posee monumentos tan bellos como este de Los Dobles, que lleva por título Monumento a los que hablan en voz baja, dentro del programa del Festival de Arte Público Desvelarte, y también se han realizado performances como Mi Norte mira al Sur de Tamara García, con la que tender un puente simbólico a las dos orillas, o la presencia disruptiva y amigable de Miss Beige en el Puerto de Santander. También ha habido videomapping y nuevas tecnologías, como El puerto encantado de Ruido Interno (2018; www.ruidointerno.com), recogiendo diferentes narrativas sobre la ciudad. Quizá en materia de arte mural no hemos sabido todavía dotarnos de ejemplos que hablen de nuestra memoria colectiva o de nuestra identidad como comunidad (la controversia generada por la intervención de Okuda en el faro de Ajo es una buena muestra del debate entre la espectacularidad visual y el contenido simbólico).
Siempre he sentido el puerto como un lugar de encuentro y no como una frontera. El artista Francis Alÿs cuestiona precisamente la noción de frontera llevándola al absurdo con una fila de barcos con los que formar un puente que cubriera la distancia entre Cuba y Florida o en la acción colectiva No cruzarás el río antes de llegar al puente (2008; https://francisalys.com/books/Gibraltar_Book.pdf), donde le pidió a niños españoles y marroquíes que trazaran un metafórico puente desde sus respectivos países, sosteniendo veleros hechos con sandalias y babuchas. Me pregunto, ¿cuál es el origen y cuál el destino?, ¿quiénes somos “nosotros” y quiénes los “otros” ?, ¿de qué lado de la frontera estamos?
Nuestra bahía mira al Sur (simbólicamente, mira también a todos los sures del mundo desde nuestra condición de privilegiados). Siempre he creído que el Puerto de Santander debería subrayar esa condición de punto de encuentro y cruce de culturas. Me encantaría pensarlo como un lugar de llegada y de salida de artistas llegados de otros puertos del mundo con los que intercambiar puntos de vista desde el espacio simbólico e imaginario que el arte nos proporciona. Y no solo desde ahí. Por eso quiero terminar con una obra del artista canario Pedro Déniz que lleva por título Welcome – Norte, Sur, Este, Oeste Oeste (2004-2005; https://www.ulpgc.es/galeria-de-arte) y que consiste en una alfombra roja de esas que habitualmente se utilizan para recibir a los altos dignatarios y celebridades, que dibuja un camino hasta el mar para celebrar el encuentro con el otro, transformándolo en un signo de bienvenida y, sobre todo, en una llamada urgente a la dignidad humana.
IMAGEN INICIAL | Nave Sotoliva, espacio expositivo renovado y reabierto al público en 2022 para conmemorar el 150 aniversario del Puerto de Santander. (© Belén de Benit).
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NOTA
[1] El puerto franco es una zona de exención temporal de impuestos donde se suelen acumular obras de arte (Santander es uno de los siete que existen actualmente en España). Por ejemplo, la obra subastada por un precio más alto hasta ahora, Salvator Mundi de Leonardo da Vinci, se guarda en uno de estos puertos francos.